Queridas hermanas y queridos hermanos:
Como cristianos, ubicamos nuestra liberación de la oscuridad y la ignorancia en la encarnación de Dios, Dios hecho carne. Actualmente, este misterio de la encarnación está con nosotros cada día si abrimos nuestros ojos y vemos el mundo a nuestro alrededor. Al hacerlo podremos reconocer que Dios es un migrante indocumentado, una mujer discriminada por su cultura, un refugiado ambiental, un niño desnutrido… lo que es un desafío para nuestra propia definición y percepción del extranjero en
nuestra comunidad y fuera de ella.
La encarnación de Dios en las personas más vulnerables, humilladas y despojadas de su dignidad nos incita a decir lo que nadie más se atreve a nombrar, y ofrecer lo que nadie se atreve a dar… pero sobre todo, nos hace ver que nuestra liberación está entrelazada con Dios, nuestros destinos están ligados.
¿La ciudadanía global es sólo un privilegio de la clase media, limitado a aquellos que tienen el tiempo para reflexionar y elegir, aquellos que no tienen nada más que perder que sólo un poco de comodidad?
Como cristianos, nuestra fe nos dice que, más que ciudadanos globales, “somos hermanas y hermanos en Cristo. La ciudadanía global deshereda a la mayoría de habitantes del planeta cuando ésta se limita a aquellos que poseen un estatus especial. Cristo trabaja por que las personas que se encuentran en el extremo sean llevadas cerca de él, no en los centros de poder en donde se debate la ciudadanía global, sino en los márgenes de la sociedad en donde la minoría de las personas recibe un vaso de agua limpia.”
Martin Meißner
Presidente Alianza Mundial de YMCAs
Susan Brennan
Presidenta
YWCA Mundial